16 de julio de 2010




Al poco rato la chica ya estaba en su casa. Las luces estaban apagadas y reinaba el silencio. Solo encontró una nota encima de la cama que decía: “Espero que te lo hayas pasado bien esta noche. No te despiertes muy tarde”


Apagó la luz de la habitación y se tumbó en la cama a pensar. Las estrellas pegadas en el techo brillaban con tal intensidad que parecía que el mismo cielo estuviese dentro de su habitación. Las cortinas blancas ondeaban debido a la ligera corriente de aire que entraba por su ventana, y a través de estas se podían observar las farolas aún encendidas.
A través de los cascos del Ipod le llegaba la melodía de una de sus canciones favoritas. Fireflies de Olw City. La gente solía pensar que ella solo escuchaba música clásica y que era una aburrida. Pero en realidad su música preferida era el pop-rock. Y lo de ser aburrida…quien sabe; a veces hasta ella misma lo pensaba. Aunque últimamente estaba saliendo más. Había hecho buenas migas con Tanner en poco tiempo, aunque se sentía un poco decepcionada por haberla dejado plantada hoy. Pero de todas formas, había pasado un buen rato con Nate. Nate. Ese chico la volvía loca, y no en el sentido de gustar, si no en el sentido real de la palabra. Por su culpa seguramente mañana se pasaría el día en la cama con dolor de cabeza. Además, vaya hombre más cabezón y pesado.

— ¿Y que vas a hacer esta semana, princesa?
— ¡Deja de llamarme princesa! Y…¡¡MIERDA!!
El chico dio un frenazo quedándose parado en mitad de la carretera. Por suerte no venía ningún coche.
— ¿Qué pasa?
— ¡Que se me había olvidado por completo que tengo que ensayar para la audición de  pasado mañana!
— ¿Audición? ¿De que?
— De violín.
— Bah, no te preocupes…nunca sales de casa, así que podrás recuperar perfectamente las horas perdidas.
— Eres un idiota. Llévame a casa.

—Y la siguiente participante es Samantha Westford —dijo una voz femenina, mientras la sala se llenaba de aplausos.
 La chica salió al escenario. Estaba nerviosa. No era la primera vez que tocaba delante de tanta gente, pero aún así parecía como si se le fuese a salir el corazón del pecho.
Se colocó en posición. Y antes de empezar echó una ojeada por la sala buscando a sus tíos. Allí estaban ellos, en la tercera fila y dirigiéndola una gran sonrisa. A su lado se sentaba Tanner. Le había invitado, ya que el decía que nunca había ido a un concierto de música clásica. Esto tampoco tenía mucho que ver con un concierto de verdad, pero él había insistido.
Cuando se dio cuenta de que le estaba mirando, levantó una mano y le guiñó un ojo como diciendo “estoy aquí, como te dije”.
Poco a poco la chica se fue relajando, y cuando el profesor hizo una señal con la cabeza comenzó a tocar el Minueto 1 de Bach.
Iba todo a la perfección hasta que alguien entró en la sala. Intentó no desconcentrarse para no perderse, pero no puedo evitar levantar la vista un momento para ver quien había entrado.
Nate.
Se quedó de pie, mirándola con una gran sonrisa.
“¿Qué hace éste aquí?” pensó la chica.
Estaba dándole vueltas a miles de razones por las que Nate podría estar allí cuando escuchó el carraspeo de su profesor. Sin darse cuenta había acelerado el ritmo de la canción. Intentó relajarse y poner toda su atención a la partitura. Después hablaría con él.


4 de mayo de 2010

Martini



Música de fondo. Tal vez the fray. Gente, aunque no mucha. Humo. Voces. Un ligero cosquilleo en el estómago. Mesa para dos. Una vela. Dos copas.
— ¿aquí es dónde tenías que venir? — preguntó el moreno.
— Si. Estoy esperando a alguien, así que, si no te importa…
—No, no me importa. Pero me quedaré a hacerte compañía.
La chica puso los ojos en blanco y miró en otra dirección intentando descubrir entre la multitud a la persona que buscaba. Pero no había ni rastro.
Era la primera vez que iba a aquel bar, aunque ya lo había visto varias veces en su camino a la escuela de música. Tenía un toque bohemio, pero moderno al mismo tiempo. No estaba muy lleno, pero no sabría decir si aquello era normal o no. Un par de chicas se quedaron un buen rato mirando en su dirección, entonces se giró y vio a Nate sonriéndolas.
— Bueno, si vas a estar aquí ligando, ya te puedes ir.
— No te pongas celosa, preciosa.
— Te he dicho que no me llames preciosa; tengo nombre. Samantha.
— Vale, Samantha. Y, ¿se puede saber a quien esperas?
— No es de tu incumbencia.
— Sí lo es. Estoy esperando aquí contigo, así que es lo mínimo que merezco saber.
— Yo no te pedí que esperases.
— Tu boca no, pero tus ojos sí—la chica le miró levantando las cejas—. A tu novio ¿no?
— No, a un amigo.
— Pues parece que llega tarde, ¿no crees? Yo no te haría esperar…
En ese momento su bolso comenzó a vibrar. Samantha sacó el móvil, tenía un mensaje nuevo.
“ eh, Sammy! No puedo ir. Han surgido unos problemillas con Gary. Luego te llamo, vale? Un beso! Tanner”

La cara de disgusto delató al instante a la chica.
— ¿No viene?
— No.
Dejo el dinero de la Fanta en la mesa y se dirigió hacia la puerta del local. Antes de que pudiese abrirla alguien la agarró del brazo.
— No te vayas tan rápido. Aún podemos tomar algo.
— No me apetece —contestó secamente.
— Venga, después te acerco a casa.
La chica dudó un momento. Miró al chico de ojos azules y decidió que por un rato no pasaba nada. Él la soltó del brazo y ambos se dirigieron a la mesa que segundos atrás habían ocupado.
El pidió dos Martini. Ella se le quedó mirando con la boca abierta. Acaso no se daba cuenta de que era menor de edad y de que no le estaba permitido aún beber. El chico interpretó su gesto y contestó.
— No te preocupes. Solo una.

Una. Dos. Tres. Cuatro. Y hasta cinco copas acabaron bebiéndose.
—…y yo le dije “eh, tío, sal de aquí!” ¿Sabes lo que hizo? Simplemente se fue.
— Vaya, ¿ni una disculpa ni nada? — preguntó curiosa ella.
— Nada. Simplemente desapareció.
Ambos se quedaron en silencio un rato, mirando a sus copas y decidiendo que era lo siguiente que iban a decir.
— Eh, chicos, vamos a cerrar — dijo la camarera desde la barra.
— ¿Qué hora es? — Preguntó Samantha horrorizada.
— Las dos, bonita. 
— ¿Qué? ¡No puede ser! Llévame a casa ya.
— Vale —contestó el chico, mientras se ponía en pie.
— Aunque…has bebido demasiado. No creo que sea una buena idea.
— Esto no es nada comprado con otras veces. Venga, vámonos.

Al poco rato la chica ya estaba en su casa. Las luces estaban apagadas y reinaba el silencio. Solo encontró una nota encima de la cama que decía: “Espero que te lo hayas pasado bien esta noche. No te despiertes muy tarde”

13 de abril de 2010



Música. Coches.  Rumbo: ninguna parte. Ese sería un buen titulo para una canción.
Se dirigía sin rumbo fijo, tan solo seguía las líneas blancas de la carretera esperando que le condujesen a alguna parte. Aunque, la verdad, con esa lluvia que caía no habría podido salir del coche.
— Rumbo a ninguna parte —se quedó dándole vueltas a aquella frase— tal vez pueda crear algo para mi maqueta.
El chico comenzó a pensar en una melodía que fuese adecuada con su vida. Pronto las palabras comenzaron a surgir por sí solas.
 — tuve un pasado cascado
agobiado por mi estado
desde peleas de padre
asta la muerte de una madre
me drogue hasta lamentarme
con trabajos duros
hasta la hora de acostarme

Sí, esas primeras líneas resumían su vida, pero tendría que seguir pensando algo más si quería poder llevarlo a una agencia y hacer una maqueta.
Aparcó frente a la casa de Sean, y se dirigió al portal de este. Su amigo vivía en unos pisos en el centro de la ciudad, eran bastante grandes, pero ya eran muy viejos y la pintura se caía a trozos. La mayoría de vecinos era gente joven que habían alquilado habitaciones, por lo que no había nadie que les incordiase cuando hacían fiestas.
Antes de entrar llamó al telefonillo para avisar al chico de que iba a subir; no quería encontrarse con alguna escena inesperada. Sean le había dado las llaves de la casa unos meses atrás, cuando iba a dormir a su casa casi todos los días, pero desde que conoció a Pam, casi nunca pasaba por allí.
— Ey, tío ¿Qué pasa? — le saludó Sean— Hace mazo que no te veo. ¿Dónde has estado?
— Por ahí, en casa de una amiga —contestó encogiéndose de hombros.
— ¿Una amiga? —le miró alzando ligeramente una ceja.
— Si…— Ambos se echaron a reir, y Nate pasó al interior del piso.
El salón estaba decorado por ellos dos. Cuando Sean compró la casa, después de recibir una suma millonaria de dinero por el disco que había lanzado, ambos se dedicaron a hacer un enorme graffiti en la pared del salón. Después Sean compró maquinas de juegos, y los dos se pasaban el día jugando sin parar, o viendo películas de acción en la súper mega pantalla gigante de televisión. Aquella casa era una pasada. Tenía unas cinco habitaciones y tres baños, dos de ellos con bañera hidromasaje. Sean le había regalado una de las habitaciones a Nate para que este pudiera irse a dormir allí cuando quisiese, aunque él estuviese de gira. La única norma que había en esa casa, era avisar antes de entrar por si alguno de los dos estaba con alguna chica; el resto, solo era pasárselo bien.
— ¿Te cansaste de tu amiguita? —preguntó con curiosidad Sean —ya sabes que me la puedes pasar. —Nate le dio un puñetazo en el hombro, mientras él se reía.
— No es eso, lo que pasa es que hace demasiadas preguntas…
— Y tú no quieres contestar ¿no?
— No, no estoy preparado…
— Te entiendo. Pues tu habitación sigue disponible, incluso creo que tus calzoncillos siguen tirados en el suelo como cuando te fuiste, no quise entrar para no intoxicarme.
— Ja ja ja. Pero que gracioso eres, tío —dijo mientras se dirigía a la habitación del fondo.

Todo estaba como él lo había dejado. La cama deshecha y, en efecto, los calzoncillos en el suelo. Se agachó a recogerlos, cuando vio una foto debajo de la cama. Era de su madre. Salía sonriendo, como si no pasase nada. Su pelo rubio le caía por encima de los hombros desordenado, llevaba un vestido ajustado. A su lado había un niño pequeño, de unos tres años, con grandes ojos azules, que sonreía a la cámara alegremente con una piruleta en la mano.
Se sentó en el suelo con las manos en la cabeza, mientras unas lágrimas comenzaban a correr por su rostro. Como le hubiese gustado haberse despedido de ella. Si tan solo la hubiese dado un beso antes de irse. Pero se fue al colegio, sin saber que cuando regresase por la tarde, la cama en la que ella yacía desde hacía meses, estaría vacía.
Se secó las lágrimas con las manos, y se dirigió al baño a darse un buen baño. Le apetecía salir a dar una vuelta por el parque, pero no quedaba bien ir sudado y mal oliente.


Una hora más tarde, se encontraba en el parque andando cerca del lago. Llevaba las manos dentro de los bolsillos de sus pantalones, para que no se le quedasen frías. Llevaba una gorra y por encima de esta, la capucha de la sudadera.
Pensaba en que haría esa noche, cuando chocó contra alguien.
— Lo siento —murmuró, mientras le tendía la mano a la chica que había caído al suelo a causa del golpe — hoy todo me sale… mal.
Se quedó con la boca abierta, mientras la pelirroja del otro día se levantaba enfurruñada del suelo, y ponía ambas manos en la cintura. Llevaba el pelo recogido en un moño desordenado, y los folios que antes llevaba en la mano, estaban esparcidos por el suelo.
— Por lo menos, podrías ayudarme a recogerlos en vez de estar ahí parado con la boca abierta ¿no? — dijo esta mientras se ponía de cuclillas a recogerlos.
—Sí. Pero deberías tener más cuidado y mirar por donde andas.
— Perdóneme usted, es que iba tan concentrada que no le vi.
— ¿Son partituras? — preguntó Nate mirando con curiosidad los papeles.
— Así es. Y si puedes recogerlas antes de que caigan al agua mejor, por que son de una audición que tengo la semana que viene.
— ¿Qué tocas?
— El violín…
—… ¡No me lo puedo creer! ¡Aparte de bailarina finolis, tocas el instrumento más pijo que he visto!
— Pues si que has visto pocos, hijo. Por que el violín es el más normalito.
— déjame adivinar, un día clases de baile, y otro violín, ¿no? Y así hasta el fin de semana, el cual lo dedicas a estudiar.
La chica se levantó de golpe y le miró enojada. Algo había hecho para enfadarla tanto, pero la verdad es que no le importaba mucho, no la conocía casi. Aún así, terminó de recoger el resto de hojas, y se los dio con cierta curiosidad de la actitud de la chica.
— he dado en el clavo ¿no?
— A ti que más te da lo que haga yo con mi vida.
— Nada, solo decía…
— ¡Calla!
— No te pongas así, que tampoco es para tanto —dijo levantando las manos.
— Me voy.
La chica dio media vuelta, y se marchó por donde había venido.
— Espera, voy contigo — gritó él mientras salía corriendo detrás de ella,
— Pero que pesado eres.
— Esta oscureciendo, y no creo que quieras que nada te pase ¿no?
— ¿Y quien me va a proteger? ¿Tú? No me hagas reír.
— No te pases. Que soy capaz de protegerte a ti y cuatro tías más al mismo tiempo. ¿Dónde vamos, preciosa?
— Primero, deja de llamarme preciosa. Y segundo, no vamos, VOY a un bar.
— Te acompaño.
— Como quieras…de todas formas no creo que me pudiese librar de ti, así que no voy a malgastar mis fuerzas.

1 de abril de 2010


— Bienvenida a mi gran mansión —dijo con una reverencia mientras abría la puerta del pequeño apartamento — Póngase cómoda y procure no perderse mientras preparo el café.
La chica pasó al interior y miró a su alrededor buscando algún sitio en el que sentarse y no ojar nada. Al final se dio por vencida y se sentó en el suelo. Gary, el pastor alemán, se acercó a ella y comenzó a restregarse invitándola a jugar.
— Gary, deja a mademoiselle Samantha. ¿No ves que está mojada? ¿A caso quieres mojarte tú también? — El perro le miró atentamente mientras torcía ligeramente la cabeza — Sí, amigo, te entiendo. Nunca viste una señorita tan guapa, ¿eh?
Samantha, que había escuchado todo, comenzó a ponerse roja.
—Bueno, my friend, creo que debería dejarte algo de ropa.
—No, así estoy bien —contestó apresuradamente Samantha mientras se alisaba la ropa empapada.
— ¿Y arriesgarme a que cojas un resfriado y que después me demandes por no ayudar al prójimo? No. —dijo Tanner mientras se dirigía al fondo del apartamento donde se encontraba un gran armario blanco — si quieres también te puedo prestar un tanga. ¿De leopardo o de zebra?
La chica se le quedó mirando atónita, pero este, al estar de espaldas no se dio cuenta.
— Por tu silencio deduzco que de zebra…—se giró con un tanga en la mano, y en ese momento vio la mirada de la chica — era broma, esto solo se usa en momentos íntimos, tranquila. Pero desde luego, tendré que dejarte unos boxers…nuevos.
Le lanzó a la chica un paquete de boxers nuevos sin abrir para que pudiese escoger. Mientras ella buscaba alguno que la convenciese, e intentaba no sonrojarse más de lo que ya estaba, el siguió rebuscando en el armario en busca de algo decente para prestarla. Al poco encontró una camiseta morada, con letras en llamativos colores azul y amarillo, y un pantalón negro.
— Creo que con este estarás divina de la muerte — dijo mientras hacia un gesto afeminado con la mano. — El baño está allí, no creo que te pierdas…

Cuando salió del baño, todo el apartamento olía deliciosamente a café recién hecho. Pero no había rastro del chico ni del perro. Samantha comenzó a asustarse por haber confiado en un extraño y estar en esos momentos sola en una casa desconocida. De pronto comenzó a escuchar un sonido de llaves en la puerta.
— Mademoiselle, ya estamos aquí. — Saludó Tanner mientras dejaba pasar al perro — pensamos que sería buena idea acompañar el café con unos croissant.
Ambos se dirigieron a la mesa de la cocina y, él adelantándose, apartó la silla para que Samantha pudiese sentarse.
— Permíteme que te sirva el café — dijo mientras traía la jarra de café, la de leche y, debajo del brazo, la bolsa de los croissant.
— Gracias.
— ¡Oh! Gary, ¿has visto eso? Una palabra se ha escapado de la boca de nuestra querida invitada desde que llegó a esta casa.—exclamó mirando al perro— sería un placer que nos deleitase más a menudo con tan bella voz, mademoiselle.
Ella no pudo hacer más que reír mientras contemplaba a aquel extraño sujeto que tenía delante. Desde luego, su sentido del humor era bastante bueno, algo que a ella le gustaba mucho. Y, además, era bastante guapo, aparte de tener un cuerpo de escándalo, y unos ojos impresionantemente verdes.
— Su risa me recuerda al canto de los pájaros —dijo él como si de una poesía se tratase.
— Bueno, cuando quieras puedes dejar ya eso de hablar como en la época victoriana, ¿eh? — comentó ella divertida.
— Como quieras, hembra mía
 — contestó él, adquiriendo un tono de voz más grave. —Buah, vaya partidazo el de ayer de los Yankees contra los Sox. Aunque a mi lo que más me gusta, es tunear mi Harley.
— Sí, tío, no veas como mola — le siguió el juego ella — Mi viejo tiene un taller y me paso el día tuneando toda máquina que viene a mi.
— ¡Que pasada, tía!
Ambos comenzaron a reír sin parar, mientras el perro los observa como si de dos locos se tratase. Cuando por fin dejaron de reír se hizo un silencio entre ambos, y se quedaron mirándose sin saber que decir.
— Bueno… ¿Qué hacías en el parque esta mañana?
— Alejarme un poco de todo, ya sabes…
—Ahá. Algún día tendrás que contarme de que era de lo que te alejabas.
—Vaaaale.
— ¿Me lo prometes?— preguntó el chico haciendo pucheritos.
— Sí.
— ¿Estudias o trabajas?— dijo mientras levantaba una ceja, haciéndose el interesante. La chica no pudo contener la risa.  Se sentía a gusto con él y, por primera vez, se alegró de haber faltado a clase.

30 de marzo de 2010


¿Por qué cuando todo parece ir bien aparece otra vez? ¿Por qué vuelve a decirle lo que menos quiere escuchar? Todo iba bien sin él. Todo iba como la seda. Pero de pronto vuelve y pone patas arriba todo otra vez. Tanto tiempo intentando olvidar y, en dos segundos, todo el esfuerzo desaparece. Y allí estaba ella. Diciéndole que no, pero en realidad se lo decía a sí misma.
“No, ya no le quieres”.
Llevaba repitiéndose esa frase desde ayer por la noche con la esperanza de que al final lo sintiese de verdad. Se repetía una y otra vez las razones por las cuales no podía quererle. Pero no sirvió para nada. Su corazón latía a mil por hora cada vez que recordaba su sonrisa. Y otra vez volvía a mentirse para intentar frenarlo.
Y, ahora, bajo aquella lluvia no podía hacer otra cosa que pensar en la calidez de sus abrazos.
— Aaarg! ¡Te echo de menos!¡Sí!¿y qué? No es que eso vaya a cambiar nada — Se tapó la cara para que nadie la viese llorar, aunque tampoco importarse mucho, puesto que las gotas de lluvia y las lágrima corrían a la par por su cara sin que nadie pudiese distinguir cual era cual.
La chica se dirigió a un lugar solitario del parque. Iba a faltar a clase, pero por una vez no iba a pasar nada, sus notas eran bastante buenas para permitirse ese lujo.
Se sentó en la hierba mojada, recostándose en el árbol que tenía detrás. Estaba empapada, así que ya le daba igual mojarse un poco más o seguir debajo de la lluvia por unas cuantas horas más.
Cuando llegase a casa tendría que explicarle a su tío por que estaba empapada, pero eso ahora no le importaba mucho, ya se le ocurriría una excusa más tarde.
Empezó a pensar en todas las cosas buenas que habían pasado mientras estaban juntos. Las horas perdidas en la playa, contemplando el mar, abrazados, sin decir nada. Las largas horas al teléfono. Los días de cine. Las escapadas nocturnas.
No pudo contenerlo más. Se levantó con furia y comenzó a golpear lo primero que vio, el árbol.
— ¡Eh! Que los árboles también tienen sentimientos— dijo una voz detrás de ella,
Se giro para ver quien osaba interrumpir su momento de deshago. Frente a ella estaba un chico rubio, de ojos verdes, con un pastor alemán. Al igual que ella, estaba empapado, pero tampoco parecía importarle mucho.
— Si tú lo dices…—respondió sentándose de nuevo.
— Sep. ¿Qué te ha hecho él para que le pegues así? Si ha intentado abusar de ti, podemos llamar a una empresa maderera para que lo talen, no te preocupes. —dijo con una sonrisa.
—No. Él no ha hecho nada.
—Menos mal. Si no se las tendría que ver conmigo y con unos cuantos hombres con sierras.
El chico con sus tonterías consiguió sacarle una leve sonrisa a Sammy.
— Me llamo Tanner —dijo tendiéndole la mano.
— Samantha.
— Y, ¿Qué haces en la calle en un día como este y así de mojada?
— No sé, la verdad. Debería estar en clase. ¿Y tú?
El chico señalo al perro con un movimiento de la cabeza.
—  ¿Cómo se llama?
— Gary. Sí, antes de que lo digas, como el caracol de Bob Esponja. Soy su fan número uno —dijo alborotándose el pelo.
— A mi también me gusta.
— ¿En serio? No lo dirás solo por ser amable, ¿no?
— No
Se quedaron un rato en silencio, cada uno mirando a un lado. La lluvia seguía cayendo y mojándoles cada vez más.
— Venga, te invito a un café —dijo por fin él.
— ¿De verdad crees que nos dejaran entrar en una cafetería así de mojados?
El chico se evaluó de arriba abajo, la miró a ella y, por último, al perro.
— No, la verdad es que no. Vamos a mi casa, que allí nadie dirá nada.
Ella le miró escéptica. Últimamente todos los extraños la invitaban a algun sitio. Primero el rapero ese, y ahora este. Él viendo su expresión se apresuró a añadir.
— No me voy a aprovechar de ti, no te preocupes. Te diría que soy gay, pero ese sería mentir demasiado.
— Vale. Vamos —dijo poniéndose en pie, y despegando la ropa mojada de su cuerpo.
— Creo que tendré que dejarte ropa.

27 de marzo de 2010



Frío. Lluvia. Viento. Nubes. Otro día más. Otra mañana más. Otro despertar a solas. Otra maraña de recuerdos.
Solo. O, más bien, acompañado.
— ¡Gary! —Llamó con voz somnolienta.
A los pocos segundos un pastor alemán apareció por la puerta y, de un salto, se subió encima de la cama.
— ¡¿Qué pasa pequeño?!— dijo un poco más animado, jugaba con el perro— es hora de levantarse, ¿no crees? Es hora de buscar trabajo, y deshacerse de esta porquería.
El chico se levantó de la cama, revolviendo su cabello rubio. Tan solo llevaba unos calzoncillos de Bob Esponja puestos y, en cuanto puso un pie fuera de la cama, y fuera del edredón, comenzó a notar el frío que hacia.
Salio corriendo descalzo hacia el baño para entrar cuanto antes a la ducha y empaparse en agua hirviendo.
Tras una larga ducha, y vestido tan solo con una bata, se sentó frente a la barra de la cocina mientras hojeaba un periódico.
Café. Debería comprar más antes de quedarse sin reservas.
Echó una hojeada rápida por el minúsculo apartamento. Ropa tirada por el suelo. La cama deshecha, aunque eso no lo tenía muy en cuenta, puesto que acababa de despertarse. Un sofá viejo no muy lejos de la cama. Enfrente una mesa de café negra llena de botellas de cerveza, fruto de la fiesta de la noche pasada. Una tele. Una cocina en la que solo caben dos personas apretujadas.
No era gran cosa, pero no podía permitirse mucho más.
Hacia unos meses había ganado una buena cantidad de dinero, y se lo había gastado a lo loco en fiestas. Aunque también hizo una buena inversión, se compró el pequeño loft. No tenía hipoteca, lo había pagado al contado, por lo que solo tenía que preocuparse del gasto de las necesidades básicas.
Pero aún así necesitaba dinero. Su padre se estaba hartando de prestarle dinero.

“–Tan solo piensas en fiesta y más fiesta. O te buscas trabajo o no volverás a ver un duro proveniente de mi bolsillo.”

De pronto su móvil comenzó a vibrar. Salió corriendo para cogerlo antes de que colgasen.
— ¿Hellou? —dijo aun con un deje de cansancio en la voz.
— Tanner, tengo una buena noticia — dijo una voz femenina al otro lado.
— Soy todo oídos.
— Esta noche, fiesta en casa de Halley. Alcohol. Rock. Y mucha gente. Te va a encantar.
— Ni lo dudes. Pero no creo que pueda ir…
— ¿Por qué?
— Ya sabes. No Money, no party.
— ¿volviste a hablar con tu pa’?
— Yep. Y esta vez va en serio. Me tengo que poner las pilas y buscar curro.
— Te deseo suerte. Bueno, me tengo que ir. Si cambias de opinión, ya sabes donde es la party.
— Ok.
Tras colgar lanzó el teléfono encima de la cama y decidió ponerse a arreglar la casa. Si debía volverse una persona responsable, debería hacerlo desde lo más fácil.
— Gary, es hora de quitar el polvo.

2 de marzo de 2010



Él la agarró del brazo para impedir que se marchara, y la obligó a girarse y, así, quedar cara a cara.
— ¿Por qué me hablas así?
— Ya sabes porque —dijo ella, intentando desasirse de su mano—. Ahora, si te importa, me tengo que ir.
— No. Vente conmigo a tomar algo.
— Troy, es tarde. Suéltame.
— Por favor. Solo un rato. Te prometo que a las 10 ya estarás en casa.
Samantha miró su reloj para comprobar que hora era. 9:00
— Esta bien…
Ambos se dirigieron al descapotable rojo, que estaba aparcado en la esquina. El chico lo miraba con orgullo, como si de un trofeo se tratase.
— ¿Te gusta? Me lo regaló mi padre el mes pasado, cuando aprobé el examen de la carrera.
—No esta mal, pero ya sabes que yo prefiero los coches más…sencillos —dijo encogiéndose de hombros.
Ambos se subieron al coche, y Troy aceleró en dirección al bar donde solían ir antes, cuando aún estaban juntos. Era un lugar tranquilo, alejado del centro.
Lo descubrieron un día por casualidad, cuando volvían de un día en el campo. Comenzó a llover y Troy no se manejaba muy bien con la lluvia aquel día. Estuvieron a punto de salirse de la carretera varias veces, cuando por fin vieron un pequeño local, y pararon a esperar a que amainase un poco la lluvia. Desde aquel momento, volvieron allí todos los fines de semana.

— Aquí estamos, princesa.
El chico salió del coche apresuradamente para abrirle la puerta a su acompañante, pero cuando llegó al otro lado del coche, ella había sido más rápida. Y sin decirle nada, se dirigió al interior del bar. Cuando entró al lugar, ella ya estaba sentada en la mesa. En SU mesa.
— Veo que te acuerdas de nuestro sitio — Dijo Troy sentándose frente a ella.
— Sí.
Pronto se les acercó una camarera. La misma que les tomaba nota hacia unos meses cuando iban a llí continuamente.
— Me alegro de veros otra vez, chicos —Saludo esta.
— Y yo, Marie —contestó Troy — Lo de siempre.
La mujer asintió con la cabeza, mientras apuntaba algo en una libretita y hazto seguido se daba la vuelta en dirección a la cocina.
— Y bueno, ¿Qué querias?
— Hablar. Solo eso.
Samantha le observó, intentando descubrir alguna intención más oculta. Pero no lo consiguió. Ahí estaba él. Sentado frente a ella, con una sonrisa que tiempo atrás la había conquistado. Por supuesto, no había cambiado. Seguía con ese estilo tan propio, combinando vaqueros rotos con una chaqueta de traje negra, y unas deportivas. El niñito de papá de ojos verdes que tanto había querido, pero que tanto daño la había hecho.
— ¿Por qué me miras así? —preguntó él, intentando descubrir los pensamientos de la chica.
—Solo estaba pensando…
—Bueno…cuéntame que es de tu vida. ¿Sigues en las clases de ballet? Supongo que en las de violín sí, teniendo en cuenta que te he salvado cerca de la escuela de música y por esa funda que llevas contigo.
— Sí, sigo con las clases. Y con las de ballet.
— Me alegro. Ya sabes que siempre me encantó como bailabas, y esa flexibilidad tuya.
Ella le miró con furia. Estuvo tentada a irse, pero en ese momento le pusieron un plato de tortitas con nata delante, y decidió concentrarse en él.
— Y… ¿Qué tal de chicos?—volvió a preguntar él.
— Bien. Ninguno que me revolotee alrededor, así que bien. ¿Tú?
— Nada. Ya sabes. Rollos de una noche…
— Me alegro.
— ¿Pero en serio que no hay nada? —insistió el chico.
Samantha dejó despacio el tenedor en el plato, y dirigió seriamente su mirada hacia él.
— ¿Qué quieres?
— Que volvamos. Te echo de menos.
— ¿¡Que me echas de menos!?—dijo ella alzando levemente una ceja— deja que me ria un rato.
— ¿Por qué?
— ¿Cómo que por qué? Creo que lo sabes perfectamente…
— Lo hice sin querer, ya lo sabes.
— Que te enrolles sin querer una vez con otra tía mientras estas saliendo conmigo, es algo que no soporto, pero alo mejor te perdonaba. Pero que te enrollases más de cinco veces con la misma en menos de un mes, es muy fuerte. Y por supuesto que no te perdono.
— Pero, lo hice sin pensar.
— Pues así aprenderás a pensar la próxima vez.
— Pero te echo de menos.
— Yo no —mintió ella—. ¿Te importaría acercarme ya a casa? —dijo poniéndose en pie.